Columna XIII – Las manos de mi abuela

Desde el balcón de Lucía

Mi abuela Carmen — hija de Mamá María — siempre fue, para mí, una anciana.
La recuerdo en su silla de ruedas, con las manos temblorosas, como si su cuerpo entero quisiera soltar algo invisible.
De niña, me daban miedo esos temblores.
Me dolía verla así, y a la vez, me conmovía su rostro hermoso, su sonrisa serena, su mirada llena de luz.

No entendía, entonces, lo que el cuerpo de mi abuela me estaba enseñando:
el tiempo, la fragilidad, la dignidad de seguir sonriendo cuando todo tiembla por dentro.

Años más tarde, la vida me dio una lección extraña:
yo también vivo con una condición neurológica degenerativa.
Yo también he sentido ese vértigo en la carne, el perder control del cuerpo, el depender de otras manos.
Y muchas veces… no hay nadie cerca.

Mi abuela al menos tuvo a su hija — mi madre — y a sus hijos, en una época donde aún se sabía cuidar.
Hoy el mundo corre tan rápido que ya nadie tiene tiempo para nadie.
El sistema nos ha robado el derecho a quedarnos, a acompañar, a sostener.

Pienso en ella.
¿Tuvo miedo?
¿Se sintió sola?
¿Qué pensaba mientras el cuerpo se le iba, pero el alma seguía viva?

Hoy quiero abrazarla con esta memoria.
Quiero decirle, desde mi temblor, que la entiendo.
Que su ternura venció el miedo.
Que sus manos, aunque frágiles, aún me sostienen.

Y que en este cuerpo que también tiembla, habita su legado.
Temblar… también es una forma de resistir.

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