Columna XXXI Recuento de renacer: entre el dolor y la ternura

Entre el dolor que mirĂ© de frente y la ternura que me sostuvo…

El año pasado fue un descenso consciente. No hacia la oscuridad, sino hacia la verdad. Fue mirar pa’ dentro sin anestesia, sin máscaras, sin espiritualidades de escaparate. Fue sentarme con el dolor, reconocerlo, escucharlo, sentirlo en carne viva y decirle: te veo, te honro, pero no me gobiernas más.

Este año, en contraste, llegó con manos suaves. Con una ternura que no había conocido en mí misma. Con comprensión hacia mis procesos, mis pausas, mis silencios y mis renaceres. No fue un año fácil, pero sí fue un año amoroso. Un año que me enseñó que sanar también puede ser belleza, que reconstruirse no siempre duele — a veces florece.

Viví lo inesperado. NALAC abrió puertas y espejos. Nicaragua me recordó la raíz y la ceremonia del pueblo. Colombia me sostuvo en un viaje que fue también por salud, por cuerpo y por alma. Dubai me confrontó con el reconocimiento de “Heroína del Pueblo”, título que no cargo como corona sino como responsabilidad profunda.

Pero el acto más sagrado fue íntimo: me casé con mi niña interior. Frente al mar, frente al tiempo, frente a las mujeres que me sostienen y a las que me preceden, le prometí devolverme a mí. Protegerla. Amarla. No abandonarla jamás otra vez.

Y sí — nuevamente transformé el dolor en belleza. En abundancia. En propósito. Eso no es casualidad. Eso es magia consciente. Eso es alquimia del alma.

Amo estar viva. Amo reconocer que hay montañas grandes que se avecinan, pero ya no me asustan. Voy hacia ellas con la certeza de que puedo, de que mi espíritu es inquebrantable, de que mi historia no es carga sino fuerza, y que mi fuego no destruye: ilumina.

Este año no fue solo un calendario. Fue un regreso. Un pacto. Un reencuentro.

Y desde aquĂ­, con el corazĂłn despierto y los pies firmes en la tierra, solo puedo decir:

Gracias. Gracias. Gracias.

Hecho está.

Desde el balcĂłn de LucĂ­a

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