Lucia de Fuego
Hubo un tiempo en que Estados Unidos vendía una idea peligrosa:
libertad y oportunidades para todos.
Hoy ya no se molesta en fingir.
La promesa fue sustituida por una oligarquía enferma, blindada por dinero, poder militar y propaganda. Una élite que no nos ve como pueblos, ni como vidas, ni como futuros.
Nos ve como consumidores, como cuerpos útiles, como territorios explotables.
Como cifras.
No es una metáfora.
Es un modelo.
Un sistema sostenido por corporaciones, lobbies, guerras “preventivas”, bloqueos “humanitarios” y silencios cómplices. Un sistema donde la acumulación de poder convive con el abuso, la impunidad y —sí— la normalización de prácticas profundamente perversas, mientras se nos distrae con pantallas, miedo y escándalos fabricados.
Mientras tanto, las injusticias se repiten con distintos nombres y el mismo patrón:
Venezuela castigada por no someterse.
Congo desangrado para sostener la tecnología del mundo “libre”.
Sudán olvidado porque su dolor no es rentable.
Palestina masacrada en nombre de una seguridad que nunca llega.
Puerto Rico convertido en laboratorio colonial, deuda eterna y paraíso fiscal para otros.
Distintos territorios.
La misma lógica.
Un imperio que ya no cree en la democracia, sino en el control.
Que no cree en la dignidad humana, sino en el mercado.
Que no busca comunidades, sino clientes cautivos.
Y entonces la pregunta es inevitable:
¿Quién nos devuelve la claridad?
¿Quién nos saca de la anestesia?
¿Quién nos recuerda que somos pueblos y no mercancía?
No es un salvador.
No es un partido.
No es una bandera.
Es el amor —pero no el amor vacío, sino el amor político.
El amor que organiza, que protege, que cuida.
El amor que se convierte en comunidad.
La claridad llega cuando dejamos de mirar al imperio buscando permiso y empezamos a mirarnos entre pueblos.
Cuando entendemos que la verdadera intervención no viene de ejércitos, sino de redes de solidaridad.
De la memoria compartida.
De la defensa del territorio, del cuerpo y de la vida.
La comunidad es la respuesta porque el sistema necesita individuos aislados para funcionar.
El amor es la respuesta porque el miedo es su herramienta principal.
No nos salvarán los mismos que se benefician de nuestra fragmentación.
Nos salvamos cuando volvemos a nombrarnos, a reconocernos, a cuidarnos.
Cuando decimos basta.
Cuando decimos juntos.
Cuando decimos vida.
Porque el fuego no es destrucción.
El fuego también alumbra.
Desde el balcón de Lucía 🔥
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