Columna XXXIII | Cuando el fascismo regresa con aplausos

Desde el Balcon de Lucia

Me desperté consternada.
No por una noticia más.
Sino por una ejecución.

Una joven madre.
A quemarropa.
Sin razón.
Sin debido proceso.
Sin humanidad.

Lo que hoy llaman “ICE” actúa como lo que es: una policía política fuera de control, legitimada por un poder que ha decidido que ciertas vidas no merecen existir. La historia ya conoce este mecanismo. Cambian los uniformes, cambian los idiomas, pero la lógica es la misma: deshumanizar para matar sin culpa.

No es exageración.
No es retórica incendiaria.
Es memoria histórica.

El fascismo no llega gritando “soy fascismo”.
Llega prometiendo orden.
Llega señalando enemigos.
Llega pidiendo aplausos a los ignorantes y silencio a los cómodos.

Y sí, me avergüenza.
Me avergüenza que me impongan una ciudadanía a la fuerza, nacida de una ocupación colonial que nunca fue consentida.
Me avergüenza que ese mismo Estado que se autoproclama defensor de la libertad ejecute madres en la calle.
Me avergüenza que llamen “seguridad” a la barbarie.

Pero la vergüenza no es mía.

Es del imperio.
Es de quienes normalizan la crueldad.
Es de quienes aplauden creyendo que el monstruo solo devora a otros.

Vivimos un momento peligrosamente claro:
parece que esperaron lo suficiente.
Esperaron a que murieran quienes vivieron la Segunda Guerra Mundial.
Esperaron a que la memoria se debilitara.
Esperaron a que la palabra “nunca más” se convirtiera en un eslogan vacío.

Y aquí estamos otra vez.
Con listas.
Con redadas.
Con ejecuciones.
Con propaganda.
Con masas confundidas creyéndose libres mientras celebran su propia jaula.

Esto no es progreso.
Esto es retroceso civilizatorio.
Esto es una burla a la inteligencia humana.
Esto es una traición a la libertad.

Pero también es un momento de definición.

Porque la historia siempre pregunta:
¿Quién calló?
¿Quién aplaudió?
¿Quién miró para otro lado?
¿Y quién tuvo el coraje de nombrar el horror cuando todavía era incómodo hacerlo?

Yo nombro.
Yo no aplaudo.
Yo no olvido.

Desde el balcón de Lucía.

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