🔥 Columna XXXIV— Refugiados de una guerra que nunca terminó

Desde el balcon de Lucia

Anoche fui a la presentación de Psiquis de Tito Román.
Luego hubo un conversatorio con Don Heriberto Marín.
Y allí no hubo historia muerta. Hubo verdad caminando.

Contó cómo conoció a Don Pedro Albizu Campos en la casa de Blanca Canales.
Cómo junto a ella levantó la bandera de Puerto Rico y declararon la República de Puerto Rico.

Eso ocurrió.
Aunque nos hayan borrado el Grito de Jayuya de la memoria colectiva.

Ocurrió — y fue respondido con violencia desproporcionada.
La misma violencia que los imperios usan contra quienes desafían su poder.
Como la que se lanzó contra ejércitos imperiales, la lanzaron contra un pueblo pequeño que solo pedía dignidad.

Porque el crimen nunca fue la rebelión.
El crimen fue exigir existir libres.

Don Heriberto también dijo algo que retumba:

Que en el imperio trataron mejor a presos políticos que aquí.
Y que el esclavo que aguanta el látigo es el peor de todos.

Pero lo que más me atravesó el pecho fue cuando aclaró una verdad incómoda:

La “diáspora” es gaslighting.
Un eufemismo bonito para no llamar las cosas por su nombre.

No somos diáspora.

Somos refugiados.

Y entonces me quedé pensando:

Si somos refugiados,
¿refugiados de qué?

De una guerra.

No una guerra con bombas todos los días,
sino una guerra económica, racial, política y ambiental
contra todo un pueblo.

Una guerra diseñada para vaciar la isla.

¿Y por qué esa guerra?

Porque esta jaula es demasiado rica.

Rica en tierra.
Rica en agua.
Rica en sol.
Rica en biodiversidad.
Rica en ubicación estratégica.
Rica en cultura que no se arrodilla fácil.

Demasiado valiosa para que la habite un pueblo pobre, negro, mezclado, digno.

Entonces nos encarecen la vida.
Nos quitan servicios.
Nos quitan casas.
Nos empobrecen.
Nos cansan.
Nos asfixian.

Y cuando huimos, nos llaman migrantes.

Pero no.

Eso es desplazamiento.

Y ahí siempre aparece el racismo del imperio disfrazado de “oportunidad”:

Nos obligan a huir hacia ellos porque tenemos ciudadanía colonial.
Nos abren la puerta no por amor, sino porque así vacían la isla sin balas.
Así se quedan con el territorio limpio.
Así convierten el paraíso en negocio.

Colonialismo moderno.
Limpieza social sin tanques.

Por eso no somos diáspora.

Somos refugiados coloniales.

De una guerra que nunca terminó.

Desde el balcón de Lucía 🔥

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