🔥 Columna XXXV — Abolir a los billonarios: defensa propia de los pueblos

Desde el balcón de Lucía

🔥 Desde el balcón de Lucía

Abolir a los billonarios: defensa propia de los pueblos

Nos enseñaron a admirarlos.
A verlos como genios, como modelos de éxito, como sueños alcanzables.

Pero un billonario no es un milagro económico.
Es una falla moral del sistema.

No existen billonarios sin violencia.

Violencia legal.
Violencia económica.
Violencia ambiental.
Violencia racial.
Violencia histórica.

Nadie acumula mil millones sin que miles pierdan algo en el camino: salarios justos, viviendas accesibles, tierras, salud, futuro.

La riqueza extrema no se crea — se extrae.

Se extrae de trabajadores mal pagados.
De impuestos que no se pagan.
De subsidios públicos que se regalan.
De leyes manipuladas.
De monopolios protegidos.
De recursos naturales saqueados.

Mientras una persona acumula lo que jamás podrá gastar en cien vidas, comunidades enteras viven una emergencia permanente.

Eso no es mercado.
Eso es saqueo organizado.

Nos dicen que si los regulamos “se va la inversión”.
Pero la inversión no se va: lo que se va es la impunidad.

Porque lo que llaman “creación de riqueza” es, en realidad, welfare corporativo: rescates, contratos inflados, exenciones contributivas, privatizaciones, terrenos regalados.

Socializan las pérdidas.
Privatizan las ganancias.

Y luego nos culpan por ser pobres.

El billonario moderno no trabaja por dinero.
Posee.

Posee acciones, tierras, patentes, plataformas, infraestructura, datos, deuda ajena.

Y desde esa posesión manipula precios, salarios, leyes y elecciones.

Por eso no basta con “subir un poquito los impuestos”.

Hay que abolir la posibilidad misma de acumular ese nivel de poder.

No para que todos seamos iguales.
Sino para que nadie sea un imperio privado.

Un sistema sano puede tener personas cómodas, incluso muy ricas.
Pero no Estados paralelos con más poder que países.

Abolir billonarios significa:

Poner un tope real a la riqueza.
Impuestos al patrimonio, no solo al salario.
Romper monopolios.
Cerrar paraísos fiscales.
Sacar el dinero de la política.
Devolver al pueblo lo que fue extraído.

No es castigo.
Es recuperación.

Porque ese dinero nunca fue inocente.

Viene de tierras robadas.
De trabajo mal pagado.
De contaminación sin consecuencias.
De leyes compradas.
De pueblos desplazados.

Cuando hablamos de devolver la riqueza, hablamos de hospitales que nunca se construyeron.
De escuelas que se cerraron.
De casas que se volvieron inaccesibles.
De energía que se privatizó.
De comida que se encareció.

Cada billón acumulado es una crisis fabricada.

Y aquí en Puerto Rico lo sabemos mejor que nadie.

Exenciones para millonarios.
Desplazamiento de comunidades.
Privatización de servicios.
Fondos públicos para corporaciones.
Migración forzada.

Nos vacían la isla para convertirla en negocio.

Eso es exactamente el mismo modelo global.

Por eso no es exageración decirlo claro:

La existencia de billonarios es incompatible con la democracia.

No puedes tener igualdad política cuando algunos compran leyes, elecciones, jueces y medios.

No puedes hablar de libertad cuando la supervivencia depende de corporaciones que no eliges.

No puedes hablar de mercado cuando unos pocos controlan todo.

La riqueza extrema es violencia lenta.

Mata con estrés.
Con pobreza.
Con contaminación.
Con falta de acceso.
Con desplazamiento.
Con desesperanza.

Y luego nos dicen que es “natural”.

No lo es.

Fue diseñada.

Abolir a los billonarios no es odio.
Es defensa propia de los pueblos.

Es decir: nunca más una persona con tanto poder como para decidir el destino de millones.

Es devolver la economía a su propósito original: sostener la vida, no concentrar riqueza.

No necesitamos salvadores ricos.

Necesitamos sistemas justos.

Necesitamos comunidades fuertes.

Necesitamos dignidad distribuida.

Porque cuando la riqueza se concentra, la democracia muere.

Y cuando se comparte, los pueblos florecen.

Desde el balcón de Lucía 🔥

Leave a comment