Aqui desde mi balcon…
Extensión a una memoria colectiva
Hubo un tiempo en que pensé que hablar de archons y reptilianos era caer en la exageración, en la metáfora fácil, en el mito moderno. Pero con los años —y con la memoria— entendí que esas palabras no nacen del delirio. Nacen de una intuición profunda: la de sentir que el poder que nos gobierna no se comporta como humano.
No es literal.
Es más peligroso que eso.
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En la tradición antigua, archon significaba autoridad. Un cargo. Un rol. Algo reconocible.
Pero en las corrientes gnósticas, los archons pasan a ser otra cosa: fuerzas que gobiernan sin verdad, administradores de una realidad falsa, guardianes de un orden que se sostiene en la confusión y el olvido.
Los archons no crean. Administran.
No aman. Controlan.
No dialogan. Imponen.
Y su herramienta principal no es la violencia directa, sino algo más sutil y devastador: hacerte olvidar quién eres.
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La palabra reptiliano aparece después, como grito simbólico. No para describir seres con escamas, sino una forma de ejercer poder: fría, instintiva, sin empatía. Un poder que actúa desde el miedo, la dominación y la supervivencia, no desde el cuidado ni la comunidad.
Decir “reptiliano” es decir:
Esto no tiene alma.
Esto no siente.
Esto no nos reconoce como humanos.
Por eso estas palabras aparecen siempre en contextos de abuso: colonialismo, extractivismo, gentrificación, violencia institucional, despojo. Cuando los cuerpos se vuelven números. Cuando los territorios se vuelven mercancía. Cuando la vida se vuelve desechable.
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El problema empieza cuando el símbolo se vuelve literal.
Cuando en vez de señalar sistemas, buscamos monstruos.
Ahí el poder gana dos veces: porque se vuelve invisible y porque evade responsabilidad.
No son criaturas externas las que nos gobiernan.
Son estructuras humanas que eligieron operar sin humanidad.
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Esta memoria —la de los archons y los reptilianos— no habla de fantasía. Habla de una sensación histórica compartida: la de vivir bajo autoridades que no cuidan, que no escuchan, que no aman. La de sentir que algo se rompió en la relación entre poder y pueblo.
Y también habla de otra cosa, más peligrosa para ellos:
la memoria despierta.
Porque los archons solo funcionan mientras hay olvido.
Y el poder inhumano solo se sostiene mientras aceptamos que eso es “normal”.
Recordar es un acto político.
Nombrar es un acto de resistencia.
Volver al cuerpo, a la comunidad, a la tierra, es un acto de desobediencia.
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No necesitamos nuevos mitos para explicar el daño.
Necesitamos lenguaje claro para desmontarlo.
Y quizá por eso estas palabras vuelven.
No como verdad literal, sino como advertencia:
Cuando el poder deja de ser humano, hay que quitárselo de las manos.
Desde la memoria que arde.
Desde la dignidad que no se negocia.
Desde la certeza de que ningún sistema sin alma merece gobernarnos.
— Desde el balcón de Lucía 🔥
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