Aqui desde mi balcon…
Hubo evangelios que no sobrevivieron al Imperio.
No porque fueran falsos, sino porque eran peligrosos.
El Evangelio de Tomás no cuenta milagros ni promesas de salvación futura.
Hace algo mucho más subversivo:
dice que el Reino está dentro de ti.
No en templos.
No en jerarquÃas.
No en intermediarios vestidos de autoridad.
Si el Reino está dentro, nadie puede venderte el acceso.
Nadie puede administrarte la fe.
Nadie puede gobernarte desde el miedo.
Por eso Tomás no entró en la Biblia.
El Evangelio de MarÃa fue aún más intolerable para el poder.
No solo habla de conocimiento interior,
sino que coloca a MarÃa Magdalena como discÃpula principal,
portadora de enseñanzas que otros no comprendÃan.
Pedro la cuestiona.
No por doctrina.
Por ser mujer.
MarÃa responde con claridad, no con sumisión.
El conflicto no es teológico:
es polÃtico.
Es patriarcal.
Es el miedo de perder control.
En estos textos, el pecado no es moral.
Es desconexión.
Ignorancia.
Miedo.
Dominio.
La salvación no llega por obedecer,
sino por recordar quién eres.
Eso no servÃa a un Imperio.
No servÃa a una Iglesia aliada al poder.
No servÃa a ningún sistema que necesitara súbditos en vez de personas despiertas.
Por eso fueron excluidos.
Por eso fueron silenciados.
Por eso hoy vuelven a incomodar.
Porque todavÃa hay estructuras que viven de que olvides tu centro.
De que delegues tu verdad.
De que entregues tu voz.
Pero el Reino no se delega.
La conciencia no se terceriza.
La dignidad no se pide permiso.
Y la memoria —
esa sà que nunca fue herejÃa.
Fue siempre resistencia.
Desde el balcón de LucÃa
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