Aqui desde mi balcon,
Hay algo que siempre me ha parecido profundamente injusto.
La religión.
No porque la espiritualidad sea mala.
No porque creer en algo superior sea absurdo.
Sino porque, en la mayoría de los casos, no es una decisión.
Es una asignación.
Si naces en Puerto Rico, es muy probable que te enseñen a creer en el Dios del cristianismo.
Si naces en Arabia Saudita, crecerás escuchando sobre Alá.
Si naces en India, probablemente aprenderás sobre los dioses del hinduismo.
No es una búsqueda.
Es geografía.
La religión que te enseñan depende más de tu lugar de nacimiento que de una exploración consciente del espíritu.
Y eso siempre me ha parecido una forma sutil de manipulación cultural.
Porque lo que te dicen desde pequeño no es:
“Estas son distintas formas en que los humanos han intentado entender el universo. Explora y decide.”
Lo que te dicen es:
“Esta es la verdad.”
Y punto.
Pero la verdad es que el mundo está lleno de verdades diferentes.
Miles de religiones.
Miles de dioses.
Miles de libros sagrados.
Todas convencidas de tener la razón.
Y todas nacieron en algún lugar específico del planeta.
Entonces la pregunta inevitable aparece:
¿Creemos porque buscamos o porque heredamos?
La mayoría de las veces, heredamos.
Heredamos la religión como heredamos el idioma, la comida o la música.
Pero la espiritualidad verdadera —si existe— no debería depender del país donde uno nació.
Debería depender de la conciencia.
De la reflexión.
De la libertad interior.
De hecho, lo que más me inquieta no es la religión.
Es el miedo que muchas veces la acompaña.
El miedo al castigo.
El miedo al fin del mundo.
El miedo a no estar del lado correcto de Dios.
Pero yo no creo en una espiritualidad basada en miedo.
Creo en una espiritualidad basada en algo mucho más simple.
El amor.
El respeto.
La dignidad.
La capacidad de hacer el bien sin esperar recompensa celestial.
Quizás por eso cada vez me convenzo más de algo:
La fe heredada puede ser un punto de partida.
Pero la conciencia elegida es el verdadero camino espiritual.
Y ese camino no lo decide un país.
Lo decide cada ser humano.
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Desde el balcón de Lucía 🔥
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