Columna XLIV — Cuando el cuerpo habla

Desde el balcón de Lucía

Casi se me apaga la energía en un descuido.
En el ajetreo de la vida.
En la tarea constante de sobrevivir la colonia.

Pasaron años sin hacerme un análisis de sangre.
Años sin detenerme.
Hasta que el cuerpo habló.

El hierro por el piso.
La energía ausente.
Y por un momento, el miedo.

No a la enfermedad.
Sino a depender.

Porque la sociedad moderna no deja espacio para el cuidado.
Nos enseñaron a sobrevivir solos.
A rendir, a producir, a aguantar.

Y se nos olvidó algo esencial:
somos comunidad.

Dependemos los unos de los otros.
Aunque nos hagan creer lo contrario.

Solo cuando la fragilidad de la vida nos toca,
recordamos.

Y a veces… ya es tarde.

La humildad no es debilidad.
Es entender que no somos entes individuales aislados,
sino parte de un todo vivo.

Cuando el cuerpo no responde,
se cae la ilusión.

Y ahí ves lo que realmente importa.

Entras en la memoria ancestral.
Ese conocimiento básico que nos fue arrebatado.
Esa sabiduría que no necesita validación,
ni intermediarios.

Esa divinidad que habita en nosotros.
Que no requiere templos.
Ni promesas después de la muerte.

El cielo no es un destino.
Es un estado al que podemos entrar… aquí.

Si escuchamos.
Si paramos.
Si recordamos.

Yo creo en la humanidad.
O al menos, quiero creer.

En esa humanidad divina que nos habita a todos,
pero que nunca nos enseñaron a escuchar.

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