Desde el BalcĂłn de LucĂa
“Ser distinta tiene consecuencias.
Y a veces, la libertad… se paga.”
La escuela era privada, el director era familia, y desde kĂnder ya estaban buscando cĂłmo sacarme.
No encajaba.
No querĂa dormir a la hora de la siesta.
Terminaba las tareas en cinco minutos y luego me dedicaba a lo que realmente me interesaba: hablar, jugar, explorar.
A veces, cuando la maestra me ignoraba, le pinchaba las nalgas con las puntas del lápiz.
No por maldad.
Por desesperaciĂłn infantil.
Por ese tipo de rebeldĂa que nace cuando tu mente va más rápido que el salĂłn.
Una vez, una niña me prestó una peseta en el recreo.
La usé en la tiendita — una galleta, un dulce, ya no recuerdo bien.
Pero al mediodĂa, vino a cobrar.
No tenĂa cĂłmo pagarle.
Mi mamá venĂa más tarde.
Y ella no vino sola… vino con un corillo.
Entre la presión, el miedo, y esa ansiedad que desde entonces me acompaña, vi algo en el suelo.
Un gongolĂ.
Negro, brillante, enrollado en sĂ mismo como una posibilidad.
Instintivamente lo tomé.
Y, en un acto de reflejo más que de razón, se lo puse en el bolsillo.
Ella sintiĂł algo redondo. Se asustĂł.
Cuando el gongolĂ decidiĂł estirarse, comenzĂł a treparle por la blusa.
Ella gritĂł.
TenĂa un soplo en el corazĂłn y pánico a los gongolĂs.
Una combinaciĂłn… peligrosa.
Lo prĂłximo que supe fue que se la llevaron en ambulancia.
Nunca volviĂł al colegio.
Y yo me quedĂ© sola, en medio del recreo, con una mezcla de emociones que no sabĂa nombrar:
gané la pelea, pero perdà algo.
Me sentĂ confundida.
Rota.
La escuela no se interesĂł en lo que sentĂa.
Solo en castigar lo que hice.
Me llevaron a la oficina.
Cuatro paletazos.
SĂ, en ese tiempo todavĂa te pegaban en las escuelas.
Y mi mamá, en vez de sacarme de allĂ, decidiĂł ponerme un asistente: alguien que me “vigilara” en el salĂłn.
AhĂ entendĂ, quizás por primera vez, que ser distinta tiene consecuencias.
Y que en este mundo, a veces, la libertad… se paga.
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