Desde el balcón de Lucía…
A veces me pregunto si el poder está reservado para los peores.
Si la crueldad, el oportunismo y el desdén por la verdad son requisitos para escalar en ciertos sistemas.
Porque ver a personajes como Trump, que con descaro promueven políticas de odio, exclusión y supremacía, no solo ser elegidos sino idolatrados… es como ver el alma del imperio desnudarse sin pudor.
Y luego está ella: Jennifer.
Con su rodilla lista para arrodillarse donde más le convenga.
No es puertorriqueña —aunque la vendan como tal— y aún así ha entregado información de nuestros hermanos dominicanos para que sean deportados como si fueran desechos.
Ha jugado a ser peón del racismo, y lo hace con una sonrisa ensayada que no engaña a nadie con memoria.
Lo peor es que la aplauden.
Porque la propaganda funciona.
Porque a mucha gente le enseñaron a obedecer, no a pensar.
A ver noticias como si fueran verdad, cuando en realidad son veneno empaquetado en patrioterismo barato.
¿Cómo es posible que personas tan vacías, tan crueles, lleguen al poder?
La respuesta es incómoda: porque las programan en nuestras pantallas y las repiten hasta que parecen opción.
Porque hemos permitido que nos entren por los ojos y se nos queden en la cabeza sin análisis.
Porque cada vez menos personas saben leer entre líneas.
El caso de Jennifer no es excepción.
Es síntoma.
Es la prueba viva de que la colonización mental es tan efectiva como la militar.
Nos entrenan para odiar al otro, para temer al que se parece a nosotros, para votar contra nuestros propios intereses mientras creemos que estamos “rescatando al país”.
¿Y quién paga?
Los de siempre.
Los negros.
Los migrantes.
Las mujeres pobres.
Los niños con acento.
Los que limpian los hoteles, cocinan en los fast foods, cuidan ancianos, construyen sin papeles.
A Jennifer no la puso el pueblo. La puso un aparato.
Y a Trump lo convirtió en ídolo la ignorancia programada.
Por eso urge despertar.
Apagar el televisor.
Filtrar lo que consumimos.
Desmontar el odio con pensamiento.
Y nombrar la verdad aunque duela.
Porque si no lo hacemos, nos gobiernan los indignos.
Y lo peor: lo hacen en nuestro nombre.
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