Columna XLI Si es CORPORACION que lo admitan…

Desde el balcón de Lucía

El complejo industrial militar ya no necesita esconderse.
Opera con presupuesto récord y lenguaje patriótico.

La guerra dejó de ser excepción histórica.
Es modelo económico estable.

Cada conflicto enciende el mismo circuito: contratos millonarios, expansión tecnológica, innovación militar financiada con fondos públicos, crecimiento bursátil de empresas de defensa, energía e inteligencia artificial. Cuando el mundo arde, Wall Street respira.

Nos dicen que es por democracia.
Nos dicen que es por seguridad.
Nos dicen que es por libertad.

Pero el dinero no miente.

Si la guerra es negocio corporativo, que lo admitan.
Que las empresas que se benefician directamente asuman al menos el 50% del presupuesto de defensa en impuestos extraordinarios. Que sus logotipos aparezcan en los tanques, en los portaaviones, en los uniformes. Que el patrocinio sea visible.

Al menos sabremos bajo qué insignia marchan nuestros hijos.

No sería por democracia abstracta.
Sería por rendimiento trimestral.

Y aquí la contradicción se vuelve más brutal.

Puerto Rico envía soldados.
Puerto Rico aporta sangre.
Puerto Rico paga impuestos federales.

Pero Puerto Rico no vota por el comandante en jefe que los envía a la guerra.

Somos territorio para reclutamiento.
Somos jurisdicción para presupuesto militar.
Somos bandera cuando conviene.

Pero no somos voz cuando se decide.

Eso no es democracia plena.
Eso es participación sin poder.

Mientras tanto, el gasto militar se vuelve intocable.
Se recortan escuelas, hospitales, servicios sociales.
Se habla de austeridad.
Pero la industria de la guerra nunca entra en austeridad.

Se socializa el costo: impuestos, deuda pública, vidas humanas.
Se privatiza la ganancia: contratos, acciones, expansión corporativa.

Eso no es defensa nacional.
Eso es corporacracia militar.

Una estructura donde el miedo es argumento, la seguridad es marca y la ética se negocia.

La democracia no muere de golpe.
Se desgasta cuando el lenguaje público ya no coincide con los incentivos económicos reales.

Si la paz fuera negocio, estaría sobre financiada.
Pero la paz no cotiza en bolsa.

Y entonces la pregunta es simple:

¿Estamos defendiendo principios…
o protegiendo balances?

¿Marchamos por libertad…
o por contrato?

¿Seguiremos repitiendo la palabra democracia
mientras aceptamos un sistema donde la guerra rinde más que la paz?

Si es corporación, que lo admitan.
Si es mercado, que lo nombren.
Si es negocio, que lo firmen.

Porque lo que destruye no es solo la guerra.
Es la mentira que la disfraza.

Desde el balcón de Lucía.

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