Columna XLVII

Desde el balcón: la vitrina rota del Caribe

Lucía de Fuego 🔥

Desde el balcón, Lucía mira cómo se apagan las luces.

No todas de golpe.

Una casa primero.
Después otra.
Una calle.
Un semáforo.

Y nadie parece demasiado sorprendido.

Ese quizás sea el detalle más triste: hemos aprendido a continuar.

Se prende la planta. Se busca la linterna. Se verifica la batería. Se pregunta por el grupo de WhatsApp si alguien más se quedó sin luz.

Puerto Rico, 2026.

Y Lucía recuerda una frase que escuchó durante buena parte de su infancia:

Puerto Rico sería la vitrina del Caribe.

Nosotros seríamos el ejemplo.

Con nuestra ciudadanía estadounidense, los fondos federales, las fábricas, las carreteras, las universidades y el acceso al mercado más poderoso del planeta, llegaríamos primero al futuro.

Mientras otras islas del Caribe lucharían contra la pobreza y el subdesarrollo, Puerto Rico demostraría lo que era posible.

Cuba por un lado.

República Dominicana por otro.

Las pequeñas Antillas allá lejos.

Y nosotros acá, mirando hacia el norte, convencidos de que el progreso tenía una sola dirección.

Durante décadas confundimos modernidad con centros comerciales.

Desarrollo con consumo.

Prosperidad con crédito.

Inversión con construcción.

Y dependencia con seguridad.

Nos enseñaron a medir nuestro éxito por lo que podíamos comprar, no necesariamente por lo que éramos capaces de producir, sostener o proteger.

Entonces llegó la realidad.

Llegaron las crisis fiscales.

Llegaron los huracanes.

Llegó María y levantó el techo de nuestra supuesta modernidad para enseñarnos las vigas podridas que había debajo.

Llegaron los terremotos.

Llegó la pandemia.

Llegaron más apagones.

Y ahora basta una sequía para que vuelva una pregunta que en una isla tropical debería resultarnos absurda:

¿Habrá agua?

No es que Puerto Rico no haya recibido dinero.

Lo ha recibido.

Muchísimo.

Durante generaciones han llegado fondos federales, inversiones privadas, incentivos contributivos, préstamos, programas de reconstrucción y promesas de transformación.

Por eso quizás llevamos demasiado tiempo haciendo la pregunta equivocada.

La pregunta no es:

¿Cuánto dinero ha recibido Puerto Rico?

La pregunta es:

¿Qué construimos con él?

¿Construimos un sistema eléctrico capaz de resistir?

¿Protegimos nuestros acuíferos?

¿Modernizamos adecuadamente la infraestructura de agua?

¿Construimos seguridad alimentaria?

¿Fortalecimos nuestras escuelas?

¿Garantizamos vivienda para nuestra gente?

¿Creamos empleos cuyos salarios permitan vivir con dignidad?

¿Construimos instituciones públicas capaces de planificar veinte o treinta años hacia adelante?

¿O construimos una economía extraordinariamente eficiente para mover dinero mientras cada vez resulta más difícil sostener la vida?

Ahí está la diferencia entre crecimiento y desarrollo.

Una economía puede mover miles de millones y continuar siendo profundamente frágil.

Puede tener hoteles de lujo y comunidades sin agua.

Puede tener inversionistas millonarios y maestros luchando por mejores salarios.

Puede vender apartamentos por millones de dólares mientras una familia puertorriqueña descubre que ya no puede pagar un hogar en el barrio donde nació.

Puede recibir cantidades históricas de dinero para reconstrucción y aun así tener ciudadanos que compran generadores para sobrevivir al próximo apagón.

Eso no es resiliencia.

Eso es gente aprendiendo a sobrevivir a sistemas que no funcionan.

Y quizás esa ha sido una de las grandes confusiones de nuestra historia contemporánea.

Nos dijeron que dependencia significaba seguridad.

Que mientras estuviéramos conectados a una economía inmensamente poderosa, las cosas esenciales estarían garantizadas.

Pero la verdadera seguridad nunca consiste solamente en que alguien pueda enviarte algo cuando lo necesites.

Seguridad también es tener la capacidad de producir.

De almacenar.

De reparar.

De decidir.

De alimentarte.

De generar energía.

De proteger tu agua.

De cuidar tu territorio.

De responder cuando el mundo exterior falla.

Porque todo sistema verdaderamente resiliente necesita cierto grado de autonomía.

Una casa lo necesita.

Una comunidad lo necesita.

Y un país también.

Esto tampoco significa romantizar al resto del Caribe.

Cuba tiene profundas dificultades económicas y políticas.

República Dominicana enfrenta desigualdades enormes.

Haití carga heridas históricas que el mundo continúa ignorando.

Cada isla lleva sus propias cicatrices.

No necesitamos convertir a ningún país en paraíso para reconocer nuestras propias contradicciones.

Porque esta columna no trata realmente de quién está mejor o peor.

Trata de algo mucho más incómodo:

¿Qué significa progresar?

Si después de décadas de crecimiento, inversión y fondos extraordinarios seguimos preocupándonos por tener electricidad y agua, quizás llegó el momento de revisar nuestra definición de desarrollo.

Tal vez progreso no sea tener más.

Tal vez sea depender menos para sobrevivir.

Producir más de nuestros alimentos.

Generar nuestra propia energía.

Proteger nuestras costas.

Cuidar nuestros acuíferos.

Fortalecer nuestras comunidades.

Pagar dignamente a quienes educan, curan, limpian, construyen y sostienen este país.

Crear riqueza que permanezca aquí.

Y recuperar algo que ninguna cantidad de dinero federal puede comprar:

la capacidad colectiva de decidir qué clase de país queremos construir.

Desde el balcón, las luces comienzan a regresar.

Una casa.

Después otra.

La calle vuelve a iluminarse.

Alguien apaga el generador.

Y probablemente mañana continuaremos como si nada hubiera pasado.

Pero Lucía permanece un rato más mirando la ciudad.

Piensa en aquella vitrina del Caribe que le prometieron cuando era niña.

Quizás nunca necesitábamos ser una vitrina.

Las vitrinas están hechas para exhibir cosas.

Para que otros las miren.

Puerto Rico no necesita ser exhibido.

Necesita ser habitable.

Habitable para quien nace aquí.

Para quien trabaja aquí.

Para quien envejece aquí.

Para quien quiere quedarse.

Porque después de tantas promesas, quizás el verdadero país de avanzada sería algo mucho más sencillo:

un país donde abrir la pluma y encontrar agua no sea noticia,

donde encender una bombilla no sea un privilegio,

donde trabajar permita vivir,

y donde nuestra gente no tenga que convertirse en experta en sobrevivir para poder llamar hogar a su propia tierra.

Eso sí sería progreso.

Y quizás todavía estamos a tiempo de construirlo.

Desde el balcón de Lucía.
🔥

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