Columna XLVIII

De Paseo Caribe a Esencia: cuando la inversión pretende sustituir al desarrollo…

Puerto Rico tiene mala memoria económica.

Cada cierto número de años aparece un megaproyecto acompañado por el mismo libreto: millones en inversión, miles de empleos, prosperidad, modernización y la advertencia de que cuestionarlo equivale a espantar el capital.

Cambian los nombres. Cambian los terrenos. Cambian los inversionistas.

El argumento permanece.

Hace casi veinte años se llamaba Paseo Caribe.

Hoy se llama Esencia.

En 2007, mientras Paseo Caribe enfrentaba una de las controversias urbanas y ambientales más importantes de aquella década, sectores de la industria de la construcción salieron a defender el proyecto bajo un argumento que conocemos demasiado bien: inversión, empleos y progreso.

Paseo Caribe representaba entonces una inversión de cientos de millones de dólares.

El mensaje era sencillo: Puerto Rico necesitaba inversión para prosperar.

¿Les suena familiar?

Porque cuando en Puerto Rico colocamos la palabra “inversión” frente a una cantidad suficientemente grande de ceros, parece desaparecer nuestra obligación de hacer preguntas.

¿Inversión para quién?

¿Empleos de qué calidad?

¿Quién recibe las ganancias?

¿Quién absorbe los costos?

¿Existe realmente la demanda que justificó las proyecciones?

¿Y qué ocurre cuando el mercado no responde como prometieron?

Paseo Caribe puede ayudarnos a contestar algunas de esas preguntas.

El proyecto fue concebido como un extraordinario complejo residencial, turístico, comercial y de entretenimiento. Torres residenciales, comercios, restaurantes, estacionamientos y espacios destinados a atraer residentes, visitantes y consumidores.

Se construyó.

El hormigón llegó.

Pero construir hormigón y producir desarrollo económico son dos cosas distintas.

Para 2012, apenas unos años después de aquella batalla pública en nombre del progreso, FirstBank reclamaba judicialmente $24.7 millones a San Gerónimo Caribe Project, desarrolladora de Paseo Caribe.

Y 27 de los 33 apartamentos de Laguna Plaza fueron colocados nuevamente en el mercado.

La realidad económica comenzaba a encontrarse con las proyecciones.

Con el paso del tiempo, Paseo Caribe logró consolidar parte de su actividad residencial, turística y gastronómica. Eso también debe reconocerse.

Pero precisamente por eso constituye un caso de estudio extraordinario.

No basta preguntar si un megaproyecto finalmente sobrevivió.

Hay que preguntar cuánto tardó, qué ocurrió con sus proyecciones iniciales, qué capital se perdió o reestructuró, cuál fue su ocupación comercial, cuánto empleo permanente produjo y cuánto de aquella prosperidad prometida llegó realmente a la economía cotidiana del país.

Porque construir no es sinónimo de desarrollar.

Y vender propiedades tampoco lo es.

Ahora Puerto Rico vuelve a escuchar una narrativa extraordinariamente parecida.

Esta vez sobre aproximadamente 2,000 acres de Cabo Rojo.

Se llama Esencia.

Sus desarrolladores proyectan miles de millones de dólares en inversión y un enorme complejo turístico y residencial de lujo asociado a algunas de las marcas hoteleras más exclusivas del mundo.

Otra vez llegan los números enormes.

Otra vez llegan los empleos.

Otra vez llega la prosperidad futura.

Y otra vez parece que preguntarle al capital cómo llega, qué recibe y qué deja constituye casi una falta de educación.

Pero esta vez existe una diferencia fundamental:

Puerto Rico ya tiene experiencia.

Y esa experiencia nos permite hacer una pregunta mucho más sofisticada que decidir si estamos “a favor” o “en contra” de la inversión.

La pregunta correcta es:

¿Qué clase de inversión estamos promoviendo y qué clase de economía estamos construyendo?

La Asociación de Economistas de Puerto Rico acaba de introducir una advertencia importante en esa discusión.

En agosto de 2026, su Junta de Directores aprobó unánimemente una resolución cuestionando que los beneficios públicos proyectados de Esencia compensen adecuadamente los costos y riesgos que supone el proyecto.

Eso debería cambiar la conversación.

Porque no todo empleo produce el mismo desarrollo.

No toda inversión produce riqueza distribuida.

No toda venta inmobiliaria fortalece una comunidad.

Y no todo dólar privado que entra a Puerto Rico representa un dólar nuevo de bienestar colectivo.

Es perfectamente posible construir un hotel extraordinariamente lujoso, vender una residencia de varios millones de dólares y aumentar el valor de determinados activos sin transformar significativamente la capacidad económica de las familias que viven alrededor.

Eso puede llamarse crecimiento.

Pero no necesariamente es desarrollo.

Mientras tanto, Puerto Rico aporta algo que casi nunca aparece adecuadamente valorado en las presentaciones de inversión:

nuestro territorio.

Y con él vienen otras preguntas.

El agua.

La energía.

La infraestructura.

Los incentivos contributivos.

El acceso a las costas.

El aumento en el valor de los terrenos circundantes.

La presión sobre las comunidades.

La transformación de ecosistemas.

Y el costo de oportunidad de dedicar una parte extraordinaria de nuestro territorio a un modelo inmobiliario dirigido fundamentalmente a consumidores de enorme poder adquisitivo.

Los proponentes de Esencia aseguran que el proyecto será sostenible y que contará con sistemas propios de agua y energía.

Bien.

Entonces comprobémoslo.

La magnitud de una inversión nunca debería disminuir el escrutinio público.

Debería aumentarlo.

Y aquí Paseo Caribe vuelve a ser importante.

Durante aquella controversia, muchas de las personas que cuestionaron el proyecto fueron presentadas como obstáculos al progreso.

Sin embargo, buena parte de aquella discusión trataba asuntos perfectamente legítimos: terrenos públicos, acceso al Fortín San Jerónimo, patrimonio histórico, permisos y derechos ciudadanos.

Casi veinte años después podemos afirmar algo bastante sencillo:

Puerto Rico no colapsó porque ciudadanos exigieran respuestas.

Y ningún edificio se vuelve económicamente exitoso simplemente porque su desarrollador consiga los permisos.

El mercado continúa existiendo después de cortar la cinta.

Las hipotecas continúan.

Los préstamos vencen.

Los comercios necesitan clientes.

Los restaurantes necesitan comensales.

Los apartamentos necesitan compradores.

Los hoteles necesitan huéspedes.

Y eventualmente todas las proyecciones tienen que encontrarse con la realidad.

Por eso quizás la pregunta más importante sobre Esencia no sea cuántos miles de millones anuncian sus desarrolladores.

Es esta:

¿Cómo sabremos dentro de quince o veinte años si Esencia funcionó para Puerto Rico?

Definamos ahora las métricas.

Cuántos empleos permanentes produjo.

Cuál fue su salario mediano.

Cuántos contratos recibieron empresas puertorriqueñas.

Cuánto dinero dejó de recaudar Puerto Rico mediante incentivos.

Cuánta riqueza permaneció circulando aquí.

Cuánto aumentó el precio de la tierra alrededor del proyecto.

Qué ocurrió con las comunidades cercanas.

Qué ocurrió con el acceso a la costa.

Cuánta agua terminó consumiendo realmente.

Qué infraestructura pública terminó necesitando.

Y qué ocurriría con esas propiedades si algún día cambia la demanda internacional por residencias de lujo en Puerto Rico.

Porque de eso casi nunca hablan las hermosas presentaciones de los desarrolladores.

Nos enseñan el escenario perfecto.

Rara vez nos enseñan el escenario adverso.

Por eso Paseo Caribe merece convertirse en un caso de estudio.

No porque Paseo Caribe y Esencia sean proyectos idénticos.

No lo son.

Ni porque toda inversión turística o residencial sea perjudicial.

Tampoco lo es.

Sino porque existe una lección elemental que Puerto Rico parece obligado a aprender una y otra vez:

la cantidad de dinero invertida no constituye, por sí sola, evidencia de beneficio público.

Y todavía nos queda otra investigación pendiente.

Tenemos que reconstruir quiénes defendieron públicamente Paseo Caribe.

Qué organizaciones empresariales movilizaron apoyo.

Qué firmas profesionales participaron.

Qué abogados, consultores, desarrolladores, funcionarios y actores políticos defendieron aquel modelo.

Y entonces comparar ese mapa con quienes hoy diseñan, asesoran, representan, financian, defienden o facilitan Esencia.

No para inventar conspiraciones.

Para documentar continuidad.

Quizás encontremos muchas coincidencias.

Quizás encontremos pocas.

Pero debemos mirar.

Porque los modelos económicos no aparecen espontáneamente.

Los construyen personas.

Los defienden instituciones.

Los protegen políticas públicas.

Y pueden sobrevivir durante décadas aunque los proyectos cambien de nombre.

Desde mi balcón veo una isla que ha escuchado demasiadas veces que entregar territorio constituye progreso y que cuestionar a quien llega con millones constituye atraso.

No.

Preguntar quién gana, quién paga y qué queda después es precisamente lo que hace una sociedad que entiende de economía.

Paseo Caribe nos prometió prosperidad.

Hoy tenemos la oportunidad de estudiar sus resultados.

Esencia vuelve a ofrecernos una promesa monumental.

Esta vez, antes de aceptar el folleto de ventas como política pública, hagamos las cuentas.

Porque Puerto Rico no necesita simplemente más inversión.

Puerto Rico necesita desarrollo.

Y después de veinte años, ya deberíamos conocer la diferencia.

— Lucía de Fuego
Desde el balcón de Lucía

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