Desde el balcĂłn de LucĂa
AquĂ se traza la lĂnea
Hay momentos en que una sociedad tiene que dejar de debatir y empezar a decir: hasta aquĂ.
De los 7 de Cornell en adelante, yo quiero que quede marcada una lĂnea.
Una lĂnea de asco.
Una lĂnea de resistencia.
Una lĂnea que diga que nuestros niños y nuestras niñas no son cuerpos disponibles para el deseo, la fantasĂa, el poder ni la impunidad de ningĂșn adulto.
Me consterna observar cuĂĄnto hemos aprendido a convivir con la violencia sexual contra la niñez. Nos escandalizamos por unos dĂas. Compartimos una noticia. Comentamos indignados. Y despuĂ©s la maquinaria social continĂșa funcionando exactamente igual.
No.
Hay cosas que no pueden convertirse en paisaje.
Y hay algo que me inquieta profundamente: ÂżdĂłnde estĂĄ la indignaciĂłn colectiva de los hombres?
No hablo de todos los hombres ni pretendo borrar a quienes llevan años protegiendo, educando, denunciando y acompañando sobrevivientes. Hablo de la ausencia de una respuesta masculina proporcional al tamaño de esta violencia.
Quiero escuchar a los padres.
A los abuelos.
A los hermanos.
A los maestros.
A los entrenadores.
A los artistas.
A los mĂșsicos.
A los lĂderes comunitarios.
Quiero escuchar a hombres diciéndoles a otros hombres:
Eso no se dice.
Eso no se comparte.
Eso no se celebra.
Eso no se encubre.
Eso no se normaliza.
Porque proteger a la niñez no puede seguir siendo una tarea que la sociedad deposita principalmente sobre las mujeres.
También hay que hablar de los espacios donde comienza la normalización.
Del chiste.
De la canciĂłn.
Del comentario sobre el cuerpo de una adolescente.
Del adulto que dice que una niña âparece una mujerâ.
Del amigo al que nadie confronta.
De la familia que prefiere proteger el apellido antes que creerle al niño.
De la instituciĂłn que protege su reputaciĂłn.
Del silencio que aparece cuando denunciar significa incomodar a alguien querido, poderoso o admirado.
La violencia sexual contra la niñez no comienza solamente cuando alguien toca un cuerpo.
Comienza mucho antes, cuando una cultura aprende a mirar hacia otro lado.
Por eso quiero marcar esta lĂnea.
No una lĂnea partidista.
No una lĂnea religiosa.
No una guerra entre mujeres y hombres.
Una lĂnea humana.
De un lado estĂĄ una sociedad que relativiza, justifica, sexualiza, encubre o guarda silencio.
Del otro estamos quienes decidimos que con la niñez no se negocia.
Y quiero ver a muchos mĂĄs hombres cruzando esa lĂnea.
No detrĂĄs de nosotras.
A nuestro lado.
Porque quizås una de las formas mås poderosas de resistencia masculina sea que un niño crezca viendo a los hombres que ama confrontar a otros hombres cuando algo estå mal.
Que aprenda que masculinidad no significa complicidad.
Que proteger no significa controlar.
Que consentimiento no es una palabra incĂłmoda.
Que el cuerpo de otra persona nunca es un derecho adquirido.
Y que cuando alguien intenta convertir la vulnerabilidad de un niño o una niña en oportunidad, habrå una comunidad entera dispuesta a cerrarle el paso.
Desde aquĂ quiero que quede escrito:
de los 7 de Cornell en adelante, trazamos una lĂnea.
Una lĂnea de asco frente a quienes sexualizan la niñez.
Una lĂnea de resistencia frente a quienes la explotan.
Una lĂnea de denuncia frente a quienes la encubren.
Y una lĂnea de amor feroz alrededor de nuestros niños y nuestras niñas.
Porque hay silencios que protegen la paz.
Y hay silencios que protegen al depredador.
Este no serĂĄ uno de ellos.
Memoria es resistencia.
Y proteger la niñez también.
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