XLX Nos cambiaron de amo cuando empezábamos a gobernarnos.

Desde el balcón de Lucía

Hay una parte de nuestra historia que contamos al revés.

Nos enseñaron que en 1898 España perdió una guerra y Puerto Rico pasó a manos de Estados Unidos. Una oración. Una fecha. Un cambio de bandera.

Como si aquí no hubiera pasado nada antes.

Como si Puerto Rico hubiera estado esperando, inmóvil, a que dos imperios decidieran a quién le tocaba administrarnos.

Pero nosotros ya estábamos aquí.

Y ya estábamos intentando decidir quiénes éramos.

Antes de la bandera estadounidense hubo cuatro siglos de dominio español. Hubo conquista, resistencia, esclavitud, explotación y una sociedad que, generación tras generación, dejó de ser simplemente una extensión de España para convertirse en algo propio: Puerto Rico.

Y esa conciencia política no nació en 1898.

En 1868 ocurrió el Grito de Lares. No consiguió la independencia, pero dejó escrita una idea que ningún imperio podría borrar después: había puertorriqueños dispuestos a imaginar un país gobernado por puertorriqueños.

Después vinieron décadas de luchas políticas, autonomistas e independentistas.

Hasta que en noviembre de 1897 España promulgó la Carta Autonómica. No era independencia. Puerto Rico continuaba bajo soberanía española. Decir otra cosa sería falsear nuestra propia historia.

Pero tampoco era poca cosa.

La Carta estableció un régimen de autogobierno; en marzo de 1898 se celebraron elecciones bajo ese nuevo sistema y comenzó aquella breve experiencia autonómica puertorriqueña. La propia Biblioteca del Congreso describe ese momento como el inicio de un experimento de self-government. (Library of Congress)

Piénsalo.

Después de cuatrocientos años.

Meses.

Eso fue lo que duró aquella ventana.

Porque mientras Puerto Rico comenzaba a ejercer ese espacio de gobierno propio, Estados Unidos y España entraron en guerra.

No fue una guerra declarada por Puerto Rico.

Puerto Rico no declaró la guerra a Estados Unidos.

Puerto Rico tampoco declaró la guerra a España.

Sin embargo, el 25 de julio de 1898 las tropas estadounidenses desembarcaron en Guánica. Para octubre había terminado el dominio español y comenzaba el gobierno militar estadounidense. (Library of Congress)

Y entonces ocurrió algo que todavía debería incomodarnos.

España y Estados Unidos se sentaron en París a negociar la paz.

Puerto Rico no estaba sentado en aquella mesa.

No había una delegación puertorriqueña decidiendo si queríamos pertenecer a Estados Unidos.

No hubo referéndum.

No hubo consentimiento popular para aquella transferencia de soberanía.

El 10 de diciembre de 1898, España y Estados Unidos firmaron el Tratado de París.

Su artículo II es brutal precisamente por su sencillez jurídica:

España “cede” Puerto Rico a Estados Unidos. (Avalon Project)

Cede.

Una palabra.

Siglos de historia reducidos a un verbo entre dos gobiernos.

Y aquí es donde nuestra historia adquiere otra dimensión.

Porque Puerto Rico no pasó simplemente de España a Estados Unidos.

Puerto Rico fue transferido de una potencia imperial a otra justamente cuando comenzaba una experiencia de autogobierno.

Eso cambia la manera de mirar 1898.

La Biblioteca del Congreso describe aquel momento como el final de cuatro siglos de ocupación imperial española y el comienzo de la soberanía estadounidense. También documenta que las instituciones administrativas anteriores fueron posteriormente desmanteladas bajo el nuevo régimen. (Library of Congress)

Por eso me cuesta llamar aquello simplemente un “cambio de soberanía”.

Porque las palabras importan.

Cuando un pueblo no participa de la negociación que determina quién ejercerá soberanía sobre su territorio, tenemos que preguntarnos dónde quedó la voluntad de ese pueblo.

Y Puerto Rico quedó fuera de la habitación.

España había gobernado esta isla durante cuatro siglos.

Pero para 1898 ya existía aquí una sociedad con identidad, partidos, periódicos, intelectuales, trabajadores, movimientos políticos, autonomistas e independentistas; una sociedad discutiendo apasionadamente qué debía ser Puerto Rico.

Y cuando por fin comenzaba a abrirse un espacio institucional para gobernarnos, nuestra historia volvió a decidirse desde afuera.

No quiero romantizar la Carta Autonómica.

No éramos una república independiente.

España seguía siendo la potencia soberana.

Pero precisamente por eso este episodio resulta tan importante.

Porque demuestra que la discusión puertorriqueña sobre nuestro derecho a gobernarnos no comenzó con Estados Unidos.

Venía de antes.

Mucho antes.

1898 no fue el nacimiento de nuestra pregunta colonial.

Fue su continuación bajo otra bandera.

Primero fuimos colonia española.

Después comenzamos a arrancarle espacios de autogobierno a España.

Y antes de que pudiéramos descubrir hasta dónde podía llegar aquel proceso, una guerra entre España y Estados Unidos decidió nuestro destino internacional.

Sin nosotros.

Después vendrían el gobierno militar estadounidense, la Ley Foraker, la Ley Jones, la ciudadanía estadounidense y los Casos Insulares.

Vendrían nuevas palabras jurídicas para explicar nuestra relación con otro poder soberano.

Pero la pregunta fundamental había quedado planteada desde París:

¿Con qué derecho puede un imperio entregar a un pueblo a otro imperio sin preguntarle qué quiere ser?

Esa es la herida que precede a todas las demás.

Porque antes de discutir ciudadanía, territorio incorporado o no incorporado, Estado Libre Asociado, estadidad, independencia o libre asociación, existe una pregunta anterior:

¿Cuándo tuvo Puerto Rico la oportunidad de decidir libremente, sin que otro país estableciera primero los límites de las opciones disponibles?

Quizás por eso nuestra historia parece circular.

Nos permiten administrar.

Nos permiten elegir.

Nos permiten legislar dentro de determinados márgenes.

Y cada generación termina encontrándose con la misma pared:

la soberanía final está en otro lugar.

No escribo esto para decirle a nadie cuál debe ser el futuro político de Puerto Rico.

Lo escribo porque ningún puertorriqueño debería decidir ese futuro sin conocer cómo llegamos hasta aquí.

Antes de discutir qué queremos ser, tenemos derecho a saber qué fuimos.

Y qué nos ocurrió.

En 1898 Puerto Rico no era una propiedad vacante.

No era una ficha sobre un mapa del Caribe.

No era una isla sin pueblo.

Aquí había un país formándose políticamente.

Un pueblo que llevaba siglos convirtiéndose en sí mismo.

Y mientras comenzaba a experimentar con el gobierno de sus propios asuntos, dos imperios se sentaron a una mesa a miles de kilómetros de nuestras costas.

Uno perdió una guerra.

El otro la ganó.

Y nosotros cambiamos de soberano.

Sin haber perdido ninguna guerra.

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